
“Sentirte feminista es sentir que la calle no te pertenece”
La persona que nos abre la puerta de su pequeño apartamento de Madrid es una mujer de luces y sombras, pero, ante todo, una mujer que ha conseguido ser feliz pese a haber visto el mundo con los ojos de aquellos que más sufren.
Carmen Sarmiento, periodista de Televisión Española desde 1968, fue la primera mujer española en hacer un periodismo estrechamente ligado al feminismo en la televisión pública. Ahora, ya jubilada, continúa haciendo lo que mejor sabe hacer: luchar por la libertad de las mujeres a lo largo del mundo. Las injusticias contempladas no han borrado su sonrisa, sino que la han moldeado hasta convertirla en una mujer íntegra, realista y, sobre todo, luchadora.
Vive rodeada de un acogedor caos de colores que reúne recuerdos e imágenes de toda una vida: fotografías, estatuas, libros, abalorios, discos de música, tapices, alfombras…En su trayectoria no encotramos dinero o fama, sino la experiencia y el saber hacer que han hecho posibles documentales como Los marginados o Mujeres de América Latina y entrevistas a personajes de la talla de Yasser Arafat o Fidel Castro.
Cuando, sentados frente a frente en una mesa baja, comenzamos a hablar, le aflora el instinto periodístico y ella misma comprueba que la grabadora funciona correctamente. “Es que yo ya he tenido más de un problema con estas cosas”, me dice. Su naturalidad y humildad nos llevan a pensar que Carmen es una mujer que ha vivido toda su vida con los pies muy en la tierra.
Pregunta: Hace unos años escribió La mujer, una revolución en marcha. ¿Cómo marcha esa revolución?
Respuesta: Yo ya decía en mi libro que esa revolución es una revolución imparable. En primer lugar porque somos el 52% de la humanidad, y porque las mujeres ya estamos cansadas de que se nos explote, de que se abuse de nosotras, de que seamos siempre el sexo discriminado, de que se nos apalee y se nos asesine. Cada año mueren en España entre 60 y 90 mujeres por no querer hacer el amor, o por llevar la sopa más caliente de lo previsto. Las mujeres hemos ido adquiriendo conciencia de esa discriminación, y se ha generado un movimiento, una lucha, que no se ha de detener.
P: ¿Cuál fue su primer contacto con el feminismo?
R: Yo siempre digo que se nace feminista. Realmente, desde muy joven tuve esa sensación que me hacía sentirme discriminada. Cuando tenía 14 o 15 años, fui probablemente una de las primeras mujeres de Madrid en ponerse pantalones. Pasabas delante de cualquier obra y te decían unas barbaridades salvajes, cosa que no se le ocurriría ahora a ningún hombre porque, afortunadamente, hemos progresado. Sentirte feminista es sentirte violentada en la calle, es sentir que la calle no te pertenece, que pertenece fundamentalmente a los hombres porque no tienen ese miedo a ser vituperados, a ser agredidos, a ser violados. Es sentir que la noche no es para ti. Y claro, te paras a pensar, “pero bueno, ¿por qué no tengo yo los mismos derechos que mis compañeros de clase?”
Una mujer antes se sentía desigual, excepcional; en la universidad éramos muy pocas. El feminismo propiamente dicho lo sentí de una manera visceral desde muy joven. A los 19 o 20 años entré en contacto con ‘Mujeres universitarias’, una de las primeras asociaciones que comenzaron a luchar en España por el feminismo. Ya en el año 72 o 73, un grupo de mujeres creamos el ‘Colectivo Feminista de Madrid’. En aquel entonces, propusimos a Lidia Falcón, que acababa de salir de las cárceles franquistas, que nos representase en un congreso acerca de los crímenes contra la mujer, en Bruselas, para el que escribió el ensayo La vida de las mujeres en las cárceles franquistas. He estado también en el Partido Feminista, y ahora voy por libre. En realidad, no hay que estar en ningún grupo para sentir que tienes derecho, como mujer y como periodista, a luchar por los derechos de las mujeres.
P: ¿Feminista o periodista?
R: Las dos cosas. Creo que empecé en el periodismo por la pasión viajera que tengo y por el deseo de contar lo vivido, pero, curiosamente, he terminado llevando el feminismo a mi periodismo. Tengo la satisfacción de ser la primera mujer que llevó el feminismo a Televisión Española. Cuando yo entré, lo único que se hacían eran reportajes de ‘trapitos’ y ‘modas’; yo puse la cámara en un lugar distinto al que se había puesto hasta entonces.
En mi serie Mujeres de América Latina describí varios países de América Latina exclusivamente a través de las mujeres. Esto, que puede parecer fácil, no lo es. A todo el mundo se le ocurre hablar de descubrimientos y grandes ciudades coloniales, pero a nadie se le ocurre, como de costumbre, hablar de las mujeres. Describir un país es, al fin y al cabo, mucho más difícil a través de las ‘sin voz’.
P: ¿Qué se siente al presenciar la cara más oscura del mundo sin estar sentada en el sofá?
R: Yo es que en el sofá he estado sentada muy poco (se ríe). Desde que entré en Televisión Española a los 26 años no he parado de viajar. He estado 35 años contando las realidades de las mujeres que viven en el Tercer Mundo, que desde luego tienen una vida mucho más dura y dolorosa que la nuestra: desde mujeres a las que les queman el rostro con vitriolo en Bangladesh a las mujeres que queman vivas en la India, para así conseguir el marido otra dote y casarse con otra mujer. Estos crímenes quedan totalmente impunes porque nadie los denuncia, y porque generalmente son los propios familiares de la víctima quienes perpetran el delito.
P: Y al volver, ¿no ve a las mujeres de aquí con otros ojos?
R: No. Yo lo que quería es que cuando las mujeres de aquí vieran mis reportajes acerca de esas realidades tan lacerantes no pensasen que “qué mal están ellas y qué bien estamos nosotras”, porque las españolas también hemos estado en una situación muy precaria. Pongo siempre de ejemplo los asesinatos que hay aún cada año. Cierto es que, sin embargo, la vida de las mujeres españolas ha cambiado; mi vida no es la vida de mi abuela, indiscutiblemente. Ya no tengo que pedir permiso para poder sacar dinero del banco, ya no tengo que pedir permiso para poder viajar… Algunas de estas cosas nos hacían vivir a las mujeres de aquella época como unas auténticas discapacitadas.
P: Sus documentales están llenos de auténticos ‘paraísos perdidos’, pero usted también conoce sus sombras. ¿Cuáles recuerda con mayor viveza?
R: Hay muchísimas sombras en todos los países a los que he viajado. Algo que me ha molestado mucho de algunos compañeros míos y de ciertos turistas que llegan al Tercer Mundo y ven a los niños descalzos en un poblado es que siempre dicen aquella estupidez de: “Hay que ver, estos niñitos descalzos qué felices son, no se ponen enfermos ni nada. Y mi niño en Madrid va y se acatarra”. Bueno, pues esos niños generalmente mueren antes de los 5 años por disentería, por amebas, por paludismo y por otras enfermedades del Tercer Mundo.
Estando en Sri Lanka, entre paisajes idílicos, playas de arenas blancas y cocoteros, piensas “qué felices deben ser estas gentes, qué felices pueden ser sin nada”. He oído a algún turista decir: “Fíjate, es que no tienes más que subirte al cocotero, coger el coco y ya está”. Pues no. En primer lugar, los cocoteros tienen dueño. En segundo lugar, subirse a un cocotero no es nada fácil. Hay muchos clichés que los occidentales proyectan sobre el Tercer Mundo, pero la gente vive en condiciones de precariedad terrible, víctimas de terremotos y tsunamis, del SIDA, y sin medicinas adecuadas. La esperanza de vida es muy baja, fundamentalmente en África, donde los hombres tienen un índice medio de vida de 45 años y las mujeres de 50. Salvo en eso, estas últimas están discriminadas en todo. Esa imagen estúpida e idílica que tenemos a veces desde occidente yo, desde luego, no la he tenido nunca, porque he viajado desde muy joven y me he dado cuenta de cómo viven en realidad estas gentes.

P: ¿Hay algún lugar al que nunca haya querido regresar?
R: Sí, Colombia (risas). Creo que ha cambiado, pero lamentablemente yo ya he tenido tres experiencias muy desagradables en Colombia. En el año 82 mataron a un esmeraldero delante de mí. En otra ocasión, me secuestraron, pese a ir con todos los permisos para poderme encontrar con las FARC. Me rodearon con ametralladoras jóvenes de 19 o 20 años, de esos que disparan primero y preguntan después y me retuvieron durante unas horas. Afortunadamente, la agencia EFE dio la noticia, mis amigos en Madrid se movilizaron, y finalmente me soltaron. Yo iba acompañada por un guerrillero que, cuando nos soltaron del regimiento de artillería y nos quitaron los bolsos, me dijo: “Carmen, nos van a matar”. En Europa no puedes pensar que sólo por esto y teniendo tus permisos te vayan a matar. Nos tiramos una hora en una cuneta, hasta que pasó un hombre con un motocarro y dije: “Mira, vamos a salir y vamos a pedir ayuda”. Y bueno, gentes buenas hay en todas partes, y este hombre nos llevó al aeropuerto donde estaban mis compañeros. Pero, cabezona como soy, volví otra vez a coger la avioneta hasta que me encontré con las FARC.
P: Algo debió de verle a Colombia para regresar no una, sino dos veces.
R: (Se ríe) La tercera vez que estuve en Colombia, estuve de corresponsal y aguanté dos meses. Ahora, hay compañeros míos que me han dicho que está todo mucho más calmado, que la vida es más agradable, que el país es una preciosidad, que los colombianos son una gente encantadora y entrañable…Pero mantienen una situación de violencia generada hace más de 20 años. La última vez que estuve allí, todo el mundo me decía: “En cuanto salgas de tu casa, coge un taxi”. Yo me alquilé un apartamento que estaba a 15 minutos andando de la corresponsalía y me cogía un taxi todos los días. Por aquel entonces se había puesto de moda que se te acercaran, te pusieran cloroformo en la nariz, te desmayabas, te metían en un coche, y eso lo llamaban ‘secuestro exprés’. A los dos meses, me sentí muy claustrofóbica, a pesar de que el país sea tan hermoso y de que todas las noches tuviera una invitación a cenar en cualquier parte. Yo no pisaba el suelo, y vivir en Bogotá era peligroso. Y ya hemos visto todo lo que ha pasado con Clara Rojas, con Ingrid Betancourt…Ojalá ese hermoso país algún día se pacifique.
P: ¿Y qué opinan sus amigos y su familia de este afán por estar perdida?
R: Bueno, mi madre siempre lo ha sufrido mucho. Concretamente, la noche del secuestro, ella estaba viendo el telediario y de pronto oyó a Rosa María Mateo con una cara muy grave diciendo “Nuestra querida compañera Carmen Sarmiento está en paradero desconocido, retenida por el Ejército Colombiano”. Mi madre me cuenta que casi se cayó al suelo.
P: Cambiando de tema, ¿cuál es su opinión acerca del rumbo actual del periodismo? ¿Nos encaminamos hacia un periodismo de los pobres pobres y los ricos ricos?
R: Creo que cada vez hay un periodismo menos libre. Yo misma he realizado un periodismo absolutamente ‘romántico’ entre comillas. Cuando era corresponsal de guerra, si conseguía llegar al frente, tenía información de primera mano. Hoy en día, sin embargo, se estila lo de mandar periodistas ‘empotrados’ con el Ejército, aunque eso no suponga salvaguarda alguna en casos como el del pobre Anguita, que murió hace poco pese a viajar con el Ejército de EE.UU. Además, la información que recibes en estos casos es una información sesgada, puesto que sólo estás recibiendo la información de un bando.
Por otra parte, ya vemos el espectáculo en el que se ha convertido la televisión y cómo se han deteriorado los reportajes y los debates. Muchas veces estoy sentada en mi casa viendo la tele y pienso que hay un señor o una señora que me habla y que se hace llamar ‘periodista’, pero que yo no tengo nada que ver con ellos. Como máximo se podría decir que son comunicadores porque comunican; comunican basura, comunican bazofia…Pero, qué duda cabe, sigue existiendo un periodismo heroico. Hay gente que es capaz incluso de dar la vida por esta profesión, como ha pasado con Anguita o José Couso; gente que ama esta profesión y que por conseguir la noticia veraz y auténtica arriesga su vida hasta perderla. Antes, nosotros éramos los mensajeros. Ahora, a muchos les ha dado por ‘matar al mensajero’, que es algo que ocurre desde la Guerra de los Balcanes. El periodista puede ser secuestrado y el periodista sirve también para hacer dinero, como ya hemos visto que ha ocurrido recientemente con el fotógrafo José Cendón en el cuerno de África. En definitiva, han cambiado muchísimo nuestras condiciones de vida como periodistas.
P: ¿Puede ser Internet la vía para hacer renacer al periodismo?
R: Internet tiene aspectos maravillosos y mágicos. Recuerdo lo que me ocurrió en la zona selvática de Guatemala, adonde huyeron todos los que durante la época de las grandes masacres en el país no se quisieron refugiar en Méjico. Cuando conseguí llegar allí, algo que me impresionó mucho fue ver a una indígena, con su traje indígena bordado a mano con flores y hablando en lengua mayense, utilizando un ordenador. Me acerqué a ella para preguntarle cómo era esto posible si habían estado comiendo raíces y viviendo de mala manera, y me dijo: “Gracias a esto, es posible que nos sigan matando, pero el mundo sabrá que nos matan”. Antes, las masacres de los indígenas de Guatemala quedaban impunes, pero cuando alguien tiene un ordenador en la mano puede comunicarse con el mundo entero.
Sin embargo, Internet también puede estar muy contaminado, puede difundir noticias falsas, puede calumniar. Es un medio que sin duda también tiene que ser controlado. Por una parte facilita la comunicación entre seres humanos, pero esa comunicación hay que saberla dosificar y controlar.





















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